ELOGIO DEL PUÑETAZO

Las mujeres nos enfadamos muy a menudo, pero pocas veces en público, con testigos y mucho menos dando un puñetazo en la mesa. Eso siempre ha sido cosa de hombres.

Hace unos dos años, en una discusión sobre las muertes femeninas anuales que hay en España a manos de sus respectivas parejas, di un puñetazo en la mesa al escuchar los argumentos del conocido con el que estaba hablando, con los que comparaba el maltrato femenino hacia el hombre con el masculino hacia la mujer – un porcentaje tan escaso que sacarlo y compararlo resultaba ofensivo (aunque todos los maltratos son condenables). Di el puñetazo y alzando la voz le grité “¡Pero las muertes diarias son de mujeres!”.

Después le pedí disculpas porque pensé que los puñetazos en la mesa no suelen ser buenos argumentos. No obstante, el episodio quedó en mi memoria iluminado por una doble luz; por un lado, me arrepentía de haber hecho el gesto y por otro pensaba que hay ocasiones en la vida en las que el puñetazo en la mesa no es sólo aconsejable sino moralmente obligado. Pero no es lo que se espera de una mujer, no es “femenino”, contraría la imagen de dulzura que, aunque, hecha trizas en el mundo de la moda, sigue campando a sus anchas en el de a pie, en las relaciones cotidianas entre hombres y mujeres. Una mujer no alza la voz en una discusión o será tachada de histérica, masculina, dominante, mandona, pesada, etc. Hay un sinfín de adjetivos que los hombres guardan en su particular diccionario misógino para designar a la mujer que tiene personalidad, a la mujer que piensa y que se enfrenta con indignación a una realidad vergonzosa e injusta. Estos y otros adjetivos son extendidos también por otras mujeres que bailan, por diversos motivos, al son del masculino sol que más calienta.

El puñetazo en la mesa es un gesto extremo, pero es que la mujer se enfrenta a una realidad extrema. Según la encuesta publicada en 2019 sobre violencia de género en España, llevada a cabo por la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género, casi tres millones de mujeres habrían sufrido violencia física de sus parejas a lo largo de su vida (y se dejan fuera las que ya no pueden contestar, los casos más graves que terminan en muerte, 1.078 desde 2003) y más de seis millones y medio de mujeres habrían sufrido violencia psicológica de sus parejas a lo largo de la vida. Esto no es extraordinario, antes de existir la conciencia social sobre este tema, estas estadísticas serían con toda probabilidad, peores que ahora.

Ninguno de mis amigos hombres ha dado nunca un puñetazo encima de la mesa por este tema; es como si no les concerniera directamente. Las manifestaciones, los actos organizados siempre por mujeres, son atendidos mayoritariamente por éstas y los pocos hombres que están, son un apoyo silencioso y discreto.

Pues lamento decir que el que calla, asiente. Que el que no alza la voz en cualquiera de los ámbitos en los que la situación de maltrato se perpetúa, desde el chiste, a la discriminación, al insulto, a la agresión psicológica y física, es cómplice de la situación. Los alemanes se defendían tras la guerra de la acusación de complicidad en las barbaridades de los nazis, con el argumento de que “no sabían nada”. Todos sabemos que sabían, pero era más fácil hacer como que no pasaba nada cuando al vecino judío del quinto lo sacaban a las tres de la mañana a golpes de su casa, era más fácil no preguntarse adónde había ido, qué habían hecho con él y su familia. Seguir repitiendo el chiste sobre judíos parecía un gesto inofensivo, pero no lo era.

El gran peligro no es el maltratador sino la falta de compromiso del resto de los hombres (y mujeres) buenos. Igual que había en toda Europa – no sólo en Alemania – un antisemitismo que permeaba todos los estratos sociales y que hizo posible la vergüenza colectiva del Holocausto, también en el tema del maltrato de género (femenino) existe una misoginia de andar por casa, en apariencia inofensiva, que se consiente, que no se enfrenta y que termina por producir víctimas en diferentes grados, de violencias físicas, psicológicas y económicas.

¿Cuántas mujeres viven con miedo? ¿Cuántas son violentadas, agredidas, humilladas diariamente? ¿Para cuántas mundialmente, ser mujer significa ser un ciudadano inferior? ¿Cuántas viven bajo el control férreo de sus parejas o parientes masculinos?

Las mujeres que no sufrimos maltrato tenemos que aprender a dar puñetazos en la mesa del machismo; por las otras, por las que no se atreven a hablar, para que dejen de recibirlos en el cuerpo y en el alma, de una vez por todas.

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