MAÑANA SERÁ OTRO DÍA

Tengo unos cuantos amigos (mentira, solo tengo dos) que están convencidos de que estamos en los albores del Apocalipsis y no me extraña; si leo el periódico por las mañanas tengo ganas de excavarme un refugio antiTrump, antivirus, antiPutin, antiAyuso y antisandeces, todo en uno, por un módico precio. Pero lo cierto es que no es verdad que este momento sea un compendio de males y cualquier tiempo pasado (muy pasado tendría que ser) fue mejor. Los ha habido mucho peores que este.

Obviamente los ucranianos no opinarán lo mismo. Para ellos el Apocalipsis está ocurriendo hoy y viene anunciado por la letra Z de los carros de combate rusos. Y para los jóvenes soldados rusos, muchos reclutados entre los que no tienen más entrenamiento que el de ser carne de cañón, hay otra Z en juego, la de El Batallón Azov, que también debe estar dándoles un anticipo del infierno.

Pero el infierno lo traemos y lo llevamos los unos a los otros (es un deporte que practica con devoción todo grupo humano que se precie, además del futbol) y en cada época les toca a unos ser verdugos y a otros ser víctimas, con lo cual, todos somos las dos cosas.

Los ucranianos con los que me solidarizo hoy, asesinaron directa o colaborativamente a miles y miles de judíos durante la ocupación alemana del territorio soviético en la Segunda Guerra Mundial (entonces Ucrania era soviética) con especial regocijo, haciendo un alarde de imaginación a la hora de quitarse de en medio a la población hebrea. Los ucranianos fueron ayer co-responsables en más de 900.000 asesinatos de personas inocentes de religión judía (estimación que se encuentra en obras como La destrucción de los judíos europeos de Raul Hilberg).

En las memorias de Vasily Grossman “Un Escritor en Guerra”, Grossman escribe en el capítulo sobre la matanza de Berdichev, (su ciudad natal), que “…la mayor conmoción fue descubrir el importante papel que habían desempeñado en aquel horror los ucranianos. Muchos de ellos habían sido reclutados como policía auxiliar por las autoridades alemanas, que les dieron fusiles, gorras picudas y brazaletes blancos y los animaron a torturar a los judíos y a colaborar en las redadas y ejecuciones.”

No todos fueron bestias. Israel nombró 2515 personas ucranianas “Justos entre las Naciones”. Algo es algo.

Así pues, los que en el 41 se tomaron la muerte de sus vecinos como un deporte, son hoy víctimas de otros que, como ellos entonces, creen en la justicia de sembrar la destrucción absoluta entre los que ayer eran casi primos. Somos así, no se salva nadie…

Volviendo a nuestro apocalipsis, la era de la información ad infinitum nos hace partícipes de todas las desgracias ajenas y aun cuando no estemos viviendo ninguna en el momento, parece que tuviéramos que anticipar lo que sufriríamos de estar en su pellejo. No creo que debamos vivir así. No afirmo que no deban importarnos la guerra de Ucrania, la falta de libertad en China o la locura de Estados Unidos, hay que saber, sin duda. Pero no dejar de disfrutar la vida porque tal vez alguna consecuencia de esos problemas mundiales nos pueda alcanzar en un futuro.

Lo que nos depare ese futuro estará por ver, pero es absurdo vivir llevando la infinita carga de información negativa por sombrero. Además, determinar cuánto de esa información es cierta y cuánto manipulación requiere un esfuerzo diario agotador. Entra en juego pues, algo un tanto inasible que se llama intuición. La intuición es un modo de juzgar por dónde ir o qué creer o de qué dudar, basada en una especie de olfato o reacción no intelectual, un escalofrío de la piel mental que ocurre como reflejo ante algo que nuestra razón aún no ha formulado. Obviamente cuanto más sepamos de un asunto antes reaccionará la piel…Pero con vivir asustados solo conseguimos perder la belleza fugaz que pueda tener el instante que se vive. Y el instante es lo único que se vive. No hay eterno retorno, mal que le pese a Nietzsche, el camino es sólo de ida.

Aprovechemos pues el momento mientras llega otro zumbado que nos aterrorice en nombre de la grandeza eterna de algún trozo de tierra más o menos grande.

Y mañana…, ¡mañana será otro día!

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