Madre (confesión)

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Gao Xingjian
Imagen: Gao Xingjian

Detestar a la madre de uno no es algo tan inusual, creo yo. Pasa más frecuentemente de lo que parece. Otra cosa es que uno lo confiese por escrito y he utilizado la palabra “confesar” espontáneamente, no en vano colegio de monjas y España franquista.

Yo lo admito, detestaba a mi madre. Representaba todo aquello que me irritaba. Era egoísta, caprichosa, vaga, cobarde, traidora y autoritaria. La ley del embudo conformaba la estructura de su existencia y el amor era un libro de contabilidad, en donde iba apuntando cada cosa que consideraba dada, comparándola con lo que había recibido a cambio, contando el dinero como única moneda válida en sus archivos vitales. Era capaz de confesar el secreto mejor guardado si éste servía para enfrentar a miembros de su familia y era celosa como una gata ante cualquier muestra de amor de la que no fuera destinataria.

Exigía atención absoluta y detestaba que se reuniesen sus hijas el mismo día en su casa porque así se dispersaba el tiempo que cada una podía dedicarle a ella sola. Cuando operaron a mi padre de la próstata en Alemania, le dejó solo en el hospital y se volvió a España porque el ambiente de los pasillos era demasiado seco para su piel recién intervenida con una operación de cirugía estética. Desde pequeñas nos exigió ser como cualquiera de los personajes que admiraba y nos levantaba temprano porque: “Van Gogh a estas horas ya estaría pintando” sin aplicarse jamás el cuento a sí misma, de modo que fue siempre una señora de su casa con criada y perros pequineses, a la que coser el bajo del pantalón o preparar la comida de sus mascotas le parecía trabajo serio.

Pasaron los años, que no suelen endulzar defectos ni empeorar virtudes. Ambas tuvimos cáncer de pecho, yo llevaba tres años de supervivencia tras la operación, pero a ella apenas unos meses después de haber pasado por el quirófano le fueron diagnosticadas metástasis en otras partes de su cuerpo. Tenía 82 años. Al enterarse, mi madre se volvió hacia mi y me preguntó indignada: “¿Así que yo tengo metástasis y tu vas a seguir viviendo?” A partir de ese momento empezó a hablar de la muerte en plural, “nos van a hacer pruebas”, “nos vamos a morir”. Ésta era mi madre. Y esto era duro de escuchar y de roer para una hija y para una persona que había tenido cáncer. Tuve que endurecerme para no sucumbir a la influencia negativa que, sin saberlo, ni elegirlo, emanaba.

Cuidar de una madre que uno detesta, sería, por lo tanto, mucho más meritorio que cuidar de una madre amada. Yo razonaba así mi situación extrema. Sin tapujos. Porque el pensamiento no los tiene. Enuncia la realidad que siente en el cerebro, que es donde se siente todo, no en el corazón que es un simple semáforo. Detestaba a mi madre.   Quería a mi padre. Y no tenía que ver con sandeces edípicas, lamento desilusionar a los pseudo psicoanalíticos (cuántos intelectuales se tragaron la supuesta “ciencia”, qué cosas…) mi padre no era mi tipo. Mi madre era simple y llanamente un personaje poco querible y mi pensamiento lo reconoce así porque me he propuesto que no haya censores que borren palabras que en el momento mismo de ser, son escritas.

¿Alguna vez la quise? Supongo que sí. Cuando era niña. Mi madre se llevaba bien con los niños. Era autoritaria, si, pero compartía lecturas e intereses. Me contagió el amor por la lectura y la literatura. Compró las obras de Kafka y leyó la “Carta al padre” sin sospechar jamás que inspiraría algo parecido, salvando las distancias. Nos obligaba a interminables sobremesas en donde se hablaba de todo. Nos hacía escuchar las entrevistas a escritores que hacía Joaquín Soler Serrano en A Fondo. Nos hacía reunirnos en el salón para ver juntos El Hombre y la Tierra de Félix Rodríguez de la Fuente, las obras de teatro que representaban a los clásicos cuando sólo había dos canales en la televisión. Hizo cosas buenas cuando estábamos bajo su ala como pollitos. Cuando crecimos, cuando nos hicimos mujeres, las cosas cambiaron. Nos habíamos convertido en rivales, por absurdo que parezca.

Explicar los motivos por los que me exasperaba mi madre, sería, hasta cierto punto, entretenido. Era un personaje complejo pero absolutamente previsible para mi. A veces llegaba a ser gracioso de puro mezquino. Pero ahora que estaba perdiendo la cabeza la detestaba menos, hasta me producía ternura, porque el miedo a la locura y a la muerte la estaba volviendo vulnerable, había suavizado por fin el pedernal de su egoísmo. Pero mi madre ha sido siempre el no-ejemplo, lo contrario de lo que yo admiraba, el universo inverso del que yo quería habitar. Pero me tocó por madre y qué le vamos a hacer. Aunque escandalice al escribirlo, uno entra a la vida como entra en un sorteo, nos dan un papelito y escritos en él, un par de nombres. Mis padres podrían haber sido los vecinos del quinto y uno estaría obligado a quererles y a respetarles. Aunque, como argumentaba el cómico americano Georges Carlin, hablando del “respetarás a tu padre y a tu madre” el respeto hay que ganárselo.

Mi madre fue una niña fea con lazo grande en la cabeza y madre fuerte, que se largaba de casa cuando se enfadaba con su pareja, el padrastro de mi madre. Lo que pasaba en la casa mientras mi abuela se iba dando un portazo, sólo salió a la luz sesenta años después, pero condicionó el comportamiento y la sexualidad de mi madre durante toda su vida. Como tantas y tantas niñas abusadas, pensó que tenía una extraña culpa de lo que le había pasado y se guardó el infame secreto durante su pobre vida de mujer infeliz, hasta que un día, cuando nosotras éramos ya adolescentes, mi abuela le echó en cara que no sabía educar a sus hijas, no sabía controlarlas, seguro que ni sabía dónde estaban o lo que estarían haciendo en estos momentos…

La rabia y la impotencia explotaron en una sola frase “¿Sabías tú lo que pasaba entre tu hija y tu marido cuando la dejabas sola con él y te ibas a Madrid?”. Mi abuela se quedó pálida y tartamudeando ante lo que sospechaba le iba a ser revelado, escupió un “¡Antonio sólo me quiso a mi!” que no sólo la ensució el resto de sus años de vejez sino que se convirtió en el punto de aceleración que la llevó a su muerte, después de una caída por las escaleras de caracol de su portal, que llevaban años anunciando sus malas intenciones.

Mi madre creció sin padre o lo que es peor, sabiendo que tenía un padre que nunca hizo nada por recuperarla y un señor de marrón que le metía mano cuando podía. Supongo que eso disculpa en algo su carácter amargo. Mi verdadero abuelo, según la versión familiar era un rubio guapo y sinvergüenza, un poco loco, que se echó amantes el primer año de casados y que le levantó un día la mano a mi abuela para propinarle un bofetón. Mi abuela, que era de armas tomar, le miró fijamente a los ojos azules que la habían enamorado años atrás y le dijo “¡Pégame, si tienes huevos! Pero no te vuelvas a dormir…”.

Se lo debió decir con tanta convicción que mi abuelo real no la tocó y hasta le cogió un poco de miedo. A partir de entonces se quedaba a menudo con su amante del momento, volviendo cada vez menos a la casa conyugal. Mi abuela le hizo seguir por un detective y descubrió el nombre de la mujer con la que había tenido un hijo.   Cambió la cerradura de la casa y cuando el guapo volvió una mañana, el portero, conchabado con mi abuela, le preguntó “¿Dónde va usté?” “¿Cómo que dónde voy? ¡A mi casa!” respondió mi abuelo. “¡Usté ya no vive aquí!”. Le espetó el portero, probablemente vengándose de desprecios y chulerías. Mi abuela, mujer de carácter, tuvo el valor de pedir el divorcio en el breve tiempo que fue legal y aportó las pruebas de las infidelidades de su rubio marido (al que jamás he visto). Consiguió el divorcio y rechazó el dinero que el juzgado había obligado a su marido a pagarle cada mes para la manutención de su hija.

Mi abuela vivió así toda su vida, orgullosa y poco preocupada en cuanto a las consecuencias que sus actos iban a tener en la vida de su hija. Se juntó poco después con el secretario de juzgado al que yo conocí por “Nono” y que fue mi abuelo a todos los efectos. Lo de que le había metido mano a su hijastra lo supe mucho después. “Nono” ya había muerto, cuidado hasta el final por mi abuela, entre dolores indescriptibles producidos por un cáncer de próstata que le mató a fuego lento. La muerte a veces se cobra deudas retrasadas…

Doña Amparo, Amparito, mi abuela, era mucha mujer para aquellos tiempos y decidió saltarse a la torera las convenciones que le atañían y le impedían vivir como ella quería. El amante que se echó y que devino pareja definitiva era un señor bajito y con papada al que nosotras queríamos al modo egoísta de los niños: porque nos daba monedas, a las que previamente había sacado un brillo espectacular y que según él, fabricaba con una máquina de hacer pesetas que tenía escondida en su casa. Supongo que la busqué alguna vez, pero no di con ella y deduje que nos mentía como mentían innecesariamente todos los adultos.

Nono, era un españolito tópico al que le gustaba sentarse a ver los toros en la tele las tardes de verano, en el mismo sillón que usaba ahora mi madre para sentarse a intentar descifrar los programas que ya no oía. Han pasado cincuenta años y los sillones siguen siendo los mismos, la disposición de los muebles del salón, idéntica; la televisión ha cambiado por necesidad técnica, pero la nueva apoya sobre un engendro que mi madre mandó hacer a un carpintero con la televisión antigua, añadiendo puertas donde había pantalla. Mi madre nunca cambió nada del escenario en el que fue joven, tal vez con la secreta esperanza de que así tampoco ella cambiaría con los años. Pero los sofás y las butacas han envejecido resignada y definitivamente; tienen trapos puestos por encima para cuidar las viejas tapicerías, como parches de maquillaje mal puesto en una anciana; maderas debajo de los cojines hundidos para sostener los cuerpos encorvados que se sientan en ellos cada día. Se los ve cansados, a los muebles; con las patas poco firmes y torcidas, perfumados con un aroma lejano pero tenaz que olemos cada vez que nos sentamos en ellos y que será el mismo olor de nuestros sofás si llegamos a tener 90 años.

Resulta extraño ver el mismo escenario de cuando uno tenía 6 años, tan decrépito, tan fiel, tan inmutable, soportando estoicamente el caos que va deshaciéndoles los fondos minuto a minuto, robándole resistencia a los muelles, color a los cojines, firmeza a la estructura. Son el espejo leal de la pareja que los compró hace innumerables vidas. Intentamos un día cambiarlos por algo nuevo, útil, un sofá-cama en el que poder dormir cuando hubiera que cuidar a mi padre o a mi madre; pero la sola idea provocó en ella un ataque de pánico, como si sustituir un mueble fuera sustituirles a ellos, demoler su mundo y su memoria. Nos resignamos a mantener los viejos muebles y los imaginé – al sofá y a la butaca que hace juego – suspirando de alivio en el salón, como otra pareja de ancianos paralela que consiguiera librarse unida del geriátrico.

Empecinarse en conservar el poder hasta el final, llevó a los míos a la residencia que tenía a dos minutos de mi casa, después de años de repartirnos el cansancio y la miseria de cuidarles en hospitales varios y a pesar suyo, entre mi hermana, mi marido y yo. Mi padre lo aceptó como aceptaba toda sus suertes o desgracias: con una sonrisa. Pero mi pobre madre fue, como siempre, víctima de sí misma y convirtió la estancia en un infierno.

Hoy, un año después de la muerte de ambos, reconozco que jamás olvidaré la mirada de mi madre después de perder el habla y la razón, cuando tuve que dejarla ingresada en la primera planta, la de los que ya no podían cuidarse solos, ni siquiera tenerse en pie. Todo el amor que nunca supo dar, lo suplicaba ahora sin voz, con la mirada. Y se lo dimos, sacándola en silla de ruedas a pasear y tomar helados que ahora le gustaban otra vez, como si hubiera vuelto a ser la niña del lazo grande.

Y nos dio las gracias al fin, a su manera, alzando las cejas y apretándonos la mano, resumiendo en el gesto silencioso lo que nunca supo decir con la palabra.

 

 

 

 

 

 

 

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Fer dice:

    Un texto muy duro, publicable en cualquier novela o cualesquiera memorias. Al leerlo me ha venido el verso de Vallejo a la cabeza (cito de memoria, pido disculpas si hay algún error): “Hay golpes en la vida tan fuertes / golpes como del odio de Dios / como si en ellos / la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma”. Bien podría llamarse este relato así, El pozo del alma o La resaca de todo lo sufrido. Hay heridas que son todo un linaje temporal; me alegra mucho el final del relato y tu lectura del gesto silencioso. Eres muy valiente, aunque para escribir las agallas no sirvan de mucho, todo lo que es verdad está muy cerca del significado de las palabras.

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