CUERPO PRESENTE

Cuando me restriego los ojos mi lagrimal izquierdo produce un pequeño sonido de mecanismo hidráulico que pone de los nervios al hombre que duerme conmigo. Mi cuerpo tiene esas diminutas rebeldías, esos sonidos que implican una estructura imperfecta a la que le haría falta un jardinero japonés para ponerlo a punto, de esos que utilizan una regadera de cuello largo y delicado, que engrasara exclusivamente la zona afectada y retornara mi jardín zen a su equilibrio. Si alzo la pierna izquierda, por ejemplo, sé que la cadera emitirá un “¡zump!” sordo como de salto de obstáculo; si me rozo con el dedo la piel del hueco poplíteo (se llama así) sé que sentiré como si una pluma me tocara la piel veinte centímetros más abajo, una parestesia sensual con la que nací. Cuando me masturbo con tiempo (no seamos hipócritas: los casados también lo hacemos) mis ojos producen unos destellos a medida que se acerca el orgasmo, que gradúo infinitamente despacio, como si destilara un absoluto alcohólico. Si dejo de comer por la noche un hipo súbito me despierta del sueño sin cortesía alguna. Si mi amante marido me pinta un pulpo en la piel de la espalda con un bolígrafo, el placer es tan grande que imagino que monto un burdel llevado por artistas del bolígrafo; arte efímero que se disolvería con jabón tras una ducha… Es así la cosa. Mi cuerpo me habla, yo escucho. Mi relación con él ha sido la más fiel que he vivido, hemos aprendido a querernos. Tenemos nuestras desavenencias y nuestros placeres peculiarmente exquisitos. La cuestión que me intriga es saber si el ser que escribe estas frases es él o soy yo.

El hombre que duerme a mi lado se despierta y me encuentra en estos pensamientos mientras observo las golondrinas de papel que giran en el techo desde una leve estructura de alambres. Están diseñadas para no rozarse y sin embargo hay dos que en cada vuelta se acarician delicadamente antes de seguir su camino. Lo saben ellas, lo observo yo.

¿En qué piensas? me pregunta.

Yo sé que mi cuerpo y yo hemos pasado momentos difíciles y la discusión nos ha dejado cicatrices. No le gustan las imposiciones, tiene siempre que decidir él, pero a veces pierde el control, la situación le supera y me encuentro con un dolor de espalda o una contracción muscular del carajo. Es un cuerpo femenino, no sé si lo he mencionado. Claro que hablar de un orgasmo infinitamente lento es hablar de un cuerpo de mujer, ese es uno de los tesoros de este género que me ha tocado en el sorteo. ¿Hubiera preferido un cuerpo más alto, más perfecto, más delgado? No hubiera sido el mío, con lo cual no sé si yo hubiera sido en absoluto. Tal vez sí, porque la parte de mi cuerpo a la que puedo adjudicar el “yo” con mayor justicia es mi cerebro. Y el resto de mis órganos se indignan ante este injusto trato preferente. Pues lo siento, el cuerpo es un todo interconectado, pero parece que la junta directiva se halla en esa compleja orografía neuronal que tiene línea directa con el otro cerebro en el que hay otros cien millones de neuronas: el estómago. Este también tiene voz y voto en cuanto hacemos y no hay más que ver la cantidad de expresiones que tenemos para referirnos a él: “eso me revuelve el estómago”, “tengo mariposas en el estómago”, “su actitud me pareció estomagante”, “no sé cómo tienes estómago para ver eso” y hasta sentimos cosas en la “boca el estómago”, será que tiene mucho que decir…

En nada, pichón. Le contesto.

 (Las parejas tenemos nuestros apelativos tontorrones). Me mira sabiendo que le estoy mintiendo, pero seguro de que terminaré por comentarle lo que me revolotea por la frente.

En fin, este cuerpo me ha dado mucho y sé que tendrá que empezar a comunicarme su cansancio en unos años. Ahí terminará el idilio y empezará la tragedia de nuestra progresiva separación. Porque yo no envejezco en absoluto, evoluciono, pero no envejezco, en cambio él irá, por ley de vida, hacia el taller de desguace y esta relación paralela se agotará en el mismo momento, mientras la ciencia no encuentre el modo de hacernos cuerpos de repuesto, o de poder descargar este “yo” que piensa, en un ordenador cuántico, por un módico precio. Onfray y Nietzsche opinan que es el cuerpo el que piensa y yo estoy de acuerdo, pero el futuro parece que anuncia otras alternativas que ahora nos parecen ciencia ficción.

A veces imagino que habito ese futuro y que puedo elegir un cuerpo nuevo del catálogo de productos de repuesto y no tengo muy claro que quiera volver a ser un ser humano. Supongo que habrá otras posibilidades más interesantes. Ya me veo preguntando al encargado. “¿Perdone, no tiene otro catálogo?” Y es que meterme en el pellejo de un águila, por ejemplo y mirar la estupidez desde el silencio; eso tiene que molar mucho…

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