AMOR DE MADRE

Tatuador: Fran Ruina/ logiabarcelona.com

Siempre me ha llenado de perplejidad el mérito que se le otorga al amor de una madre, ese amor que cualquier hembra de una especie da por naturaleza a sus crías, sin más razón para darlo que el hecho de haberlas parido. Todo ser vivo suele tener ese comportamiento, es instintivo, supongo. No hay en él nada que haya sido decidido, como sí lo hay en decidir dedicar la vida a cuidar de animales o a preservar la selva del Amazonas. Convenimos socialmente, sin embargo, en que existe una falta absoluta de egoísmo, una generosidad sin límites en el comportamiento de una madre y en calidad de hijos, creemos que de algún modo merecemos esa dedicación amorosa.

No obstante, si uno se parara a meditar el tema se daría cuenta de que, si nos hubieran cambiado en la cuna por otro bebé, nuestra madre lo hubiera querido igual que a nosotros. Nada nos distingue, nada nos singulariza para merecer el amor de una madre. Es el simple hecho de haber atravesado, envueltos en sangre y líquido amniótico esas dos columnas primigenias, el que nos cualifica para recibir esa adoración que derrochan las madres hacia su progenie. Nos quieren porque nos han dado a luz, queremos porque damos a luz a algún ser, sea el que sea. Pero la generosidad no es tal, ya que no es gratuita, porque lo que convierte a una madre en madre, es el deseo de  transmitir su carga genética en cualquier ser humano derivado de uno de sus óvulos y el espermatozoide más espabilado de su pareja. Es por esta razón por la que una madre se irrita profundamente cuando la imagen de su hijo/a no está a la altura de sus exigencias. Los demás la están juzgando a ella a través de su “continuación genética” que es su vástago. Por eso no querer a un hijo o una hija es casi una blasfemia social y pocas madres se atreven a confesarlo, ya que, en el fondo, no querer a un hijo es no quererse a una misma. Eso es, claro está, desde un punto de vista animal, desde un consenso de especie, no desde la razón, si es que ésta pudiera intervenir en temas familiares. La familia, como la religión, no necesita de argumentos, se justifica con un discurso de circuito cerrado, uno tiene que querer a su hijo o hija porque lo es. ¡Es tu madre! ¡Es tu hijo! Estas frases son los callejones sin salida a los que llegamos cuando ningún otro argumento sostiene la obligación de querer al individuo que nos ha tocado en la lotería genética.

Hay algo, en mi opinión, superior, por lo tanto, en un amor elegido. Tanto cuando elegimos como cuando somos elegidos, lo somos por alguna razón intrínseca a nosotros o al otro. Y si, además, en el caso de una pareja, se decide no tener hijos, la razón predomina, sin duda, sobre el instinto procreador. Ya empiezo a notar la animadversión que esta afirmación está produciendo y es que no se puede decir lo que es obvio. Nos reproducimos por instinto, dejamos de reproducirnos por decisión razonada.  No creo ser peor persona por pensar estas cosas y darme cuenta de que querer eligiendo lo que se quiere es un estado superior al de querer por obligación genética. Si somos sinceros con nosotros mismos e hiciéramos el ejercicio de imaginar no conocer en absoluto a nuestros hijos, padres o hermanos ¿los elegiríamos como tales si nos dieran a escoger?

Madres no hay más que una. Depende.

Que se lo pregunten a los niños raptados en dictaduras y criados con los verdugos de sus propios padres. Hasta a un asesino se le puede querer como a un padre o una madre.

Basta haber crecido con él desde bebé…

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