SER Y NO SER

Envejecer es un acto solitario. Uno no se siente ni acompañado, ni comprendido en el acto de envejecer, a pesar de ser el proceso más común de la historia de los seres vivos. Aunque, a decir verdad, no sé si se podría calificar como un acto. Porque no decidimos envejecer, más bien ponemos todos los medios para evitar esa transformación que ocurre ajena a nuestra voluntad, resultado del tiempo y del cansancio de nuestras células.

La sorpresa de todo ser humano en algún momento de su vida es comprobar que es y no es el mismo, al mismo tiempo. El ser y el no ser, se superponen y el hombre es el único ser vivo que se da cuenta de esta contradicción. Tal vez esta percepción lo convierta en el ser más solitario de la tierra. El resto de las especies, que se sepa, no viven esa paradoja. Simplemente van perdiendo vitalidad, energía, ganas de jugar, de batirse, de reproducirse, enferman y mueren. No existen los interrogantes. No hay más que la experiencia de vivir y ver morir a otros. La paradoja no entra en sus mentes porque no entra la conciencia del “yo” en el tiempo. Somos nosotros los que hemos inventado la palabra envejecer porque somos los únicos que reconocemos un “yo” en el espejo que, pasados los años está en un cuerpo distinto, siendo el mismo “yo” de antes. El “yo” se reconoce, pero lo que lo identifica cambia. ¿Cómo digerir eso?

Por otro lado, si el proceso se hubiera inventado al revés, naciendo viejos y creciendo hacia una juventud, una infancia y una desaparición en la nada más inconsciente, la cosa hubiera resultado más llevadera. Los últimos años de la vida se vivirían en un continuo juego, ajeno a toda preocupación de muerte. Del capullo arrugado de la vejez nacería un ser maduro que se revelaría en todo su esplendor al cabo de unos años y se opacaría despacio en la despreocupada indiferencia de la infancia.

Siendo como es, el proceso contrario el de la vida, da la sensación de que la verdadera faz del que envejece es la última que la vida ha creado al final del recorrido. Se es, para los demás, la última cara; por eso nos sentimos vagamente estafados cuando vemos al que fue un ángel de belleza convertido en un espantajo entrado en kilos intentando hipnotizarnos como lo hacía a los veinte; a veces con el mismo talento en aquello que le hizo ser un ángel, pero con muy distinta figura. La sensación, absurda e inmisericorde, es que entonces nos estaba engañando y ahora es cuando sale el verdadero hombre o mujer que fue siempre. Sólo los que mueren jóvenes no nos engañan. Esta gran injusticia la cometemos y es cometida con nosotros. En el momento que vivimos, la veneración por un cuerpo joven alcanza niveles religiosos y los que consiguen retrasar la caída son admirados como si hubiera algún rasgo heroico en su vida. Cuando finalmente el tiempo los convierte en ruinas, el público ríe el esfuerzo inútil, con la crueldad propia de las masas.

Qué le vamos a hacer, somos la única especie que llora el tiempo pasado y teme el tiempo futuro. Hemos inventado la noción del tiempo y nos hemos encadenado a ella voluntariamente. A diferencia de los animales, nosotros nos damos cuenta de que a medida que vamos ganando la partida, la perdemos irremediablemente y bajo ese signo contradictorio tenemos que convivir con lo incomprensible.

Osada que es una, yo diría que Shakespeare casi llevaba razón en la frase más repetida de su inmortal Hamlet, solo que yo le cambiaría la conjunción disyuntiva por la copulativa que siempre mola más y la dejaría así:

“Ser y no ser, esa es la cuestión”.

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