LAS LLAVES



No sé si otras personas lo notarán, pero yo he comprobado en mí misma que soy diferente cuando hablo en una segunda lengua. Mi lengua materna es el castellano, como es obvio, pero cuando hablo en inglés aparece una mujer más abierta, más espontánea, que hasta se atreve (cosa que jamás hace mi versión española) a contar chistes. De alguna manera la segunda lengua me permite un cierto tipo de libertad que tiene que ver con la falta de testigos. Porque la lengua es un país que uno habita desde la infancia y como las calles de las ciudades en que crecemos, cada palabra ha pasado por nosotros y nos ha visto crecer en ella, aprehenderla, usarla, estirarla, adaptarla a nuestro destino exclusivo sobre la tierra como quien recibe un trozo de tela y se hace un traje a su medida y el traje termina siendo una segunda piel, termina fundiéndose con el ser que cubre. Pero la tela es distinta según la lengua que hablemos.

Ayer hablaba con mi marido sobre los autores que crecieron en una lengua y se fueron a otro país, adoptando una segunda, ya de adultos (a veces la aprendieron de niños, pero no la “vivieron” hasta adultos) y terminaron escribiendo en esa segunda lengua, como Nabokov, Conrad, Kundera, Cioran, Beckett, etc. Teniendo en cuenta que eran buenos escritores en la suya, se preguntaba mi marido si podrían ser igual de buenos en una segunda lengua. Me quedé pensándolo y recordé lo que me decía a menudo mi amigo Paul cuando me ayudó con una traducción de un poema de Miguel Hernández, “eso en inglés no se dice”.

¿Cuántas cosas que no “pueden” decirse en un idioma se habrán terminado por “decir” tras haberlas escrito – por tanto, pensado – genios literarios o simples personajes anónimos con la contaminación de un origen lingüístico diferente? Si hablamos de los genios, ¿no habrán ensanchado los límites de la lengua no materna en la que escribieron? Porque cuando uno se traslada de un universo lingüístico a otro, se lleva consigo un bagaje. Este equipaje mental se cuela en el nuevo universo lingüístico como se cuela un virus. El virus, como desgraciadamente ya sabemos, nos puede matar al principio o, si resistimos el envite, hacernos más fuertes. En cualquier caso, nos llevamos una estructura verbal-mental y la plantamos en el centro de otra estructura de pensamiento. Necesariamente una contaminará a la otra. ¿La hará más rica? ¿Pensará el genio ruso cosas en inglés que jamás un inglés podría haber expresado, aún dominando la lengua con maestría? ¿Dominamos con maestría un idioma o somos dominados por él?

No lo sé, pero sé que cambiamos según la lengua que hablemos. Por eso es una riqueza hablar varias lenguas. Uno puede explorar otras versiones de sí mismo. Es como si una casa tuviera cien puertas y nosotros nos conformáramos con abrir tres o cuatro, las suficientes para tener un salón, una cocina, un cuarto, un baño y ya. Todas las demás siguen allí, pacientemente esperando. Puede haber un palacio detrás de alguna puerta o una biblioteca, un salón de baile o un invernadero y nunca lo sabremos.

En mi vida he podido apreciar canciones en catalán, inglés, castellano, francés, portugués e italiano. Sólo he abierto del todo la puerta de tres de esos idiomas, pero por el ojo de la cerradura de las otras, entreveo un misterio lleno de sonoridad y silencios fértiles y me pregunto, como todos ¿dónde demonios me habré dejado las llaves?

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