AQUÍ Y AHORA

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Me gusta cambiar la casa de vez en cuando, redistribuir todos los muebles, sacarlos de aquí y meterlos allá y crear un entorno diferente cada medio año aproximadamente. Es una costumbre sana que airea la vida y sigue la frase que Lampedusa escribió en El Gatopardo “Algo debe cambiar para que todo siga igual”.  Claro que no se refería a un acto como éste. Pero haced la prueba. Veréis que estas pequeñas mutaciones de escenario se traducen en mudanzas de ánimo.  Como cuando uno se compra ropa nueva y parece que la vida empieza otra vez a partir de esa camisa de seda natural.  Uno se imagina que la existencia propia va a adaptarse a la camisa y se va a volver, por fin, elegante.  Lo gracioso es que es la ropa nueva la que termina pareciéndose a nosotros y al cabo de poco tiempo tiene la misma pinta baratilla que el resto de los seres textiles que esperan su turno resignadamente en el armario. Una de dos, o es el momento de aceptarse o el de comprarse otra cosa en el Zara más cercano.

Demagogias aparte, estoy convencida de que los escenarios nos determinan en cierta medida y por eso es útil renovarlos de cuando en cuando.  Son pequeños actos que limpian el polvo de la rutina y nos hacen renacer sin haber muerto previamente.  Ya sé, tal vez no cambia nada de lo importante.  Seguimos en el mismo trabajo aguantando al mismo imbécil de jefe, volvemos a la misma hora sin ánimo más que para echarnos la siesta y dormir hasta que se altere el mundo, pero al abrir la puerta de casa el escenario es otro y parece nuevo. Ese pequeño detalle hace que en esta máquina de costumbres que es nuestro cerebro algo tenga que reajustarse, aunque sólo sea el hecho de tener que andar hacia el sofá que antes estaba al lado de la puerta y ahora se deja lamer el hombro por la luz de la ventana. Claro está, es esta una práctica para seres de vida tranquila, como yo, no para los Indiana Jones de carne y hueso.  Esos tal vez necesiten justamente lo contrario, un malecón conocido e imperturbable donde recalar después de cada aventura. A cada quién lo suyo.

La vida pacífica, sin grandes sobresaltos que llevo ahora, puede llegar a parecer – si perdiera la perspectiva- aburrida. Pero yo no me aburro jamás y tampoco pierdo esa perspectiva y sé que soy una elegida; la historia me hace tener siempre presente que el paraíso se puede perder en cualquier momento y lo importante es saberlo ver cuando lo tienes debajo de los pies. He conocido demasiados personajes que jamás amaban lo que tenían en el momento que lo tenían.  Sólo sabían llorar lo que nunca había llegado o lo que ya habían perdido. La fórmula perfecta para ser absolutamente infeliz en este mundo.  Vivir es pisar el suelo del hoy, que es el único suelo temporal que existe que se sepa. Hoy muevo el sofá de sitio, hoy llueve, hoy creo una imagen, hoy paseo con mi compañero y hoy huelen las glicinas a narcóticos racimos de violeta y lila. Mañana tal vez no existan las abejas, las glicinas no vuelvan a florecer y renueve su mandato el innombrable de peluquín rubio; mañana el plástico habrá ahogado el océano y entre pesticidas y deshechos el hombre se habrá cargado su propio ecosistema; la vida será más dura o más afortunada. Lucharé por lo segundo en un acto diario de fe.  Pero en realidad la elección no existe.

En el respaldo de mi sofá naranja la tarde se alarga perezosa y dorada mientras escribo y que yo sepa, sigue siendo hoy y sigue siendo ahora.

 

 

 

 

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Fer dice:

    Lo de los muebles es verdad, incluso hay un segundo en el que se sigue percibiendo la presencia física del lugar ocupado anteriormente. Un texto muy hermoso.

    Me gusta

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