La trampa

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La avispa había vivido su nerviosa vida de insecto en el paraíso de la campiña francesa, habitando el mundo según la lógica de su instinto y la necesidad de su rutina vital. Todo era como debía ser. La naturaleza, las flores, el alimento, el trabajo, la vida, la muerte. Lo natural. Después de recorrer el bosque que anticipaba Saint Amand de Colis y buena parte del pueblo que reconocía en un mapa odorífero extraordinariamente preciso, hoy se había sentido atraída por un olor diferente, intenso, sensual, goloso. Intentando acorralarlo, había recorrido cada flor del jardín de Natalie, el prado que se utilizaba como parking en los días de mercado, las macetas de la abuela Denise, las plantas que salían por entre los adoquines del suelo, cada uno de los puestos de brocante del mercado de antiguedades y trastos varios que ocupaba la plaza del pueblo de tanto en tanto, pero no conseguía definir la fuente de este estímulo que era más intenso que todos ellos, más… cómo definirlo…más “gourdmand”.

Poco a poco, después de unas horas de vuelo frenético de aquí para allá, sintió por fin la cercanía de la columna aérea, el perfume glotón saliendo desde distintos puntos de la terraza del bar. En cada mesa parecía haber un foco de olor, una chimenea de vapor de azúcar, un templo al que las acólitas de esta religión fueran a inmolarse voluntariamente. Allí se dirigió como sus predecesoras, sintiendo cómo un estremecimiento de placer le recorría las alas de seda transparente. La emoción fue tal, que no se percató de los cadáveres esparcidos por el suelo y mucho menos de lo que le esperaba en el interior de esta extraña cúpula transparente. Imantada por el vino dulce, voló sin esfuerzo hacia el interior colándose por el cuello de la botella.

Las trampas estaban toscamente diseñadas. Había una en cada mesa de la terraza del único bar abierto del pueblo. Toda la técnica de caza consistía en el torso de una botella de plástico cortado e invertido sobre la parte inferior de la botella, en donde alguien había puesto azúcar y vino. Esta mezcla se había convertido en una masa púrpura, gelatinosa y siniestra, que se volvía cada hora más espesa, saturada de cadáveres de otros insectos como éste, que volando por la ancha abertura y atraídos por el olor dulzón, descendían hacia el cuello de la botella y una vez dentro, se veían atrapados por la escasa superficie hasta la estrecha salida y por la lava pegajosa que los hacía torpes y los ahogaba despacio con cada movimiento.

La avispa se posó confiada en el cebo de la trampa y chupó el sirope que, con tanta delectación había anticipado, pero al desplazarse un poco, inspeccionando el terreno, las patas se le pegaron al suelo y se hundió en él como en una tierra movediza, incapaz de escapar ni de entender este laberinto que preparaba inexorable y paciente una muerte más, la suya, no por pequeña menos trágica.

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La mujer se había sentado a tomar algo fresco. El calor que le producían los sofocos que llevaba tiempo experimentando cada hora y media, le hacía sentirse animal, sucia, desalentada. En verano era peor, el calor externo acentuaba el interno, no podía vivir sin su abanico y a veces le parecía increíble ser la misma mujer que apenas sudaba a los veinte años.  “Pero es que no soy la misma” pensó mirando con resignada melancolía a la adolescente de unas mesas más allá, que vestida con una camisa de gasa semitransparente parecía invulnerable al calor y a las miserias humanas. A ella las gotas de sudor le empapaban el sujetador y le caían por la espalda alejando con cada una a la mujer femenina que un día había sido y acercando a la mujer “mayor” (no se atrevía a pensar otro adjetivo) que ya le pisaba los talones. Pidió un refresco en su torpe francés. El pueblecito era tan hermoso que apenas lo podía creer. Francia seguía manteniendo sus escenarios como hacía seis siglos. Hermoso, bien cuidado, detenido en el tiempo, el pueblo parecía de película y la luz del atardecer le daba un volumen mágico a las piedras medievales. Hizo unas cuantas fotos con el móvil para retener una memoria efímera de la escena y al ir a guardarlo en el bolso casi volcó lo que le pareció una botella de algún cliente anterior que el camarero no hubiera retirado todavía.

Mirando el artilugio detenidamente se dio cuenta de lo que era: una trampa. Una pequeña avispa se acababa de colar por ella. Sintió al verla volar, la fatídica certeza de que iba a tener que presenciar su agonía, y de golpe también, reconoció con repugnancia lo que hacía espeso el líquido, que parecía más una compota que otra cosa: cientos de cadáveres de otras avispas como aquélla.

Había demasiadas, le dijo el camarero. A los niños no les gustaban. Ahuyentaban a los turistas. Eran un problema.

Ella pensó que el problema era, en realidad, que había demasiados turistas en Agosto, incluyéndose a sí misma; aunque los turistas, reflexionó, siempre son los demás, nunca uno mismo. El problema era que los refrescos que se vendían sin parar y que atraían tanto a insectos como a humanos, eran efectivamente, una trampa de azúcar en la que los turistas  quedarían tan atrapados como los insectos, solo que a largo plazo.

Observó un rato la lucha feroz por sobrevivir del pequeño animal y decidió que esta vez, la lucha no iba a ser inútil. Inclinó lo botella para un lado, intentando retirar el líquido que empezaba a ahogar a la pequeña víctima, pero éste la arrastró y la hundió más en la dirección opuesta. Empezó a ponerse nerviosa y sintió que se ahogaba ella también, como la avispa. Intentó deshacer el invento chapucero que estaba grapado toscamente, pero no consiguió quitar la grapa con los dedos y el tiempo jugaba en contra del insecto, que cada vez tenía menos fuerza, tardaba más en salir a flote, movía menos las patas.

En un frenético gesto por torcer la situación y ante la mirada un poco cruel del camarero, la mujer se levantó y le arrancó una rama al seto que rodeaba la terraza, lo peló de todas las hojas lo más rápido que pudo y metiéndolo con desesperada delicadeza en la botella buscó a la avispa, ofreciéndole un último recurso, inimaginable, contrario a la naturaleza normal de los acontecimientos nimios que debían ocurrir esa tarde, pero real.

La avispa percibió la ayuda y en un esfuerzo cabezón por seguir viviendo se agarró como pudo a la ramilla. La mujer la fue sacando lenta, muy lentamente, sintiendo que doblegaba un destino que había parecido inevitable. Una vez afuera, la mujer sintió una alegría desmedida al ver que la avispa se movía; la depositó en el murillo que rodeaba la terraza. “Si muere, al menos será fuera” se dijo mientras la observaba reaccionar a una recobrada e inverosímil libertad.

La avispa intentó sacudir las alas pegajosas pero apenas consiguió estremecerlas de tanto como le pesaban,  los ojos aturdidos y borrachos por el espeso vino miraron el paisaje amado, las patas intentaron dar algunos pasos inciertos. Frente al hermosísimo campo que había sobrevolado hacía apenas media hora se fue quedando, poco a poco, inmóvil.

La mujer la miró morir con una punzada de tristeza.

“Perdón” pensó.

Después, apartó el refresco sin tocarlo y pagó la cuenta.

 

 

 

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Fátima dice:

    Ay Sandra, cómo me gusta leerte…

    Le gusta a 1 persona

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