KINTSUGI

Hace poco la volví a ver.

Mi amiga es un tipo de mujer diferente a todas; afirmación estúpida donde las haya. Todas somos diferentes. Ella es, sin embargo, más diferente que las demás. Es una mujer incómoda, deslenguada, inteligente, tierna, divertida, agotadora, dominante, emprendedora y explosivamente vital, una especie de supernova humana que revoluciona el entorno más inmovilista con la misma facilidad con la que una lluvia de verano anega con un trueno de satisfacción una tierra sedienta, resignada hace ya tiempo al polvo permanente.  

Pienso en ella porque quiero escribir sobre la capacidad que tienen algunas personas de construir o, mejor dicho, reconstruir el castillo de naipes cuando se viene abajo por el puñetazo en la mesa que a veces da el destino. No todos somos capaces de hacerlo, no por impedimentos externos, en la mayor parte de los casos, sino por las murallas de cemento que nosotros mismos levantamos frente a posibles vías de escape. Esta mujer, afectada por la crisis laboral y económica del coronavirus, ha reconstruido su vida básicamente con ladrillos hechos de humor e inteligencia mezclados con una cercanía natural hacia el resto de los seres humanos, que estos reciben de buen grado una vez superado el primer shock de su escandalosa presentación habitual.

Ella me ha enseñado que la vida se reconstruye volviéndose hacia los otros. Los otros son los que los menos sociables llamamos “la gente”. Un grupo amorfo del cual normalmente desconfiamos y al que ponemos una sola cara difuminada e inexpresiva. Ella y otras como ella, mi hermana, por ejemplo, sobrevivirían bien en el desierto del Sahara porque pronto invitarían a cenar al tuareg más próximo y en estos nuevos encuentros está la posibilidad de una actividad nueva, un interés, una amistad, un amor, una compañía, un proyecto. Yo no sería así, seguramente me encerraría en mí misma a lamerme las heridas que una crisis económica o un desengaño sentimental me hubieran producido. Pero como uno no está nunca a salvo de naufragios, la observé desde el palco de mi seguridad sentimental y económica. Lo que aprendí es que la solución a muchos de nuestros problemas la tenemos en la palma de la mano, si relajamos el puño la veremos.

Ya sé, ya sé… hay que tener esa predisposición, esa simpatía, uno no puede cambiarse a voluntad. ¿O sí? No lo sé. Lo que sí se es que entre mis conocidos veo a los que llevan colgado un NO mayúsculo delante de la cara como una zanahoria negativa que todo lo contamina y otros en cambio en los que un ¿POR QUÉ NO? les va abriendo puerta tras puerta partiendo de premisas parecidas.

¿No puedo pagar un alquiler caro en Madrid? Me voy a un pueblo. ¿No tengo una piscina? Disfruto de una ría natural. ¿Mis amigos están lejos? Me apunto a cualquier actividad de la zona para conocer gente. ¿No me gusta cómo he envejecido? Empiezo a hacer una dieta en grupo, adelgazo y me relaciono al mismo tiempo. ¿A mi edad no puedo comprarme una casa? Me junto con cinco más y en grupo sí que puedo. ¿Mi castillo se ha venido abajo? Recojo los naipes y construyo uno nuevo.

Esta luchadora incansable me ha enseñado que hay mil vidas esperándonos en los cajones; nos podemos quedar mirándolos o abrir uno tras otro hasta dar con una nueva. Ella, como un mago de circo, ha sacado una mujer diferente del armario y le ha vuelto a dar brillo a su mirada.

El Kintsugi es una técnica japonesa según la cual el ceramista recompone las fracturas de una pieza rota con oro. La obra final no pretende ocultar la restauración sino más bien ensalzar la azarosa cicatriz con una belleza diferente que supera muchas veces a la original y se convierte en otra obra de arte por derecho propio. Mi amiga es una artesana del Kintsugi sin saberlo.

Ojalá me acuerde de ella el día en que lo pierda todo.

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