LOS ELEFANTES

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Romain Gary en su novela Las Raíces del Cielo describe cómo su personaje Morel sentía que había contraído una deuda con los elefantes, cuando, prisionero de los alemanes, un compañero había compartido con él el secreto que lo hacía inquebrantable. Cada vez que el sufrimiento de la prisión se le hacía insoportable, cerraba los ojos e imaginaba una manada de elefantes por la inmensa tierra inhabitada de África. Imaginar elefantes libres, poderosos, solidarios, ayudaba a los prisioneros del campo a aferrarse a una vida que podía ofrecer un espectáculo tan majestuoso en algún lugar del planeta, en el mismo momento en el que su realidad resultaba intolerable. Gary era un escritor prolífico y polifacético, pero sobretodo un hombre de una gran ternura literaria.

Me he apropiado del consejo que le dieron a Morel y lo regalo a mi vez a quienquiera que se sienta claustrofóbico estos días. En lugar de imaginar que hay otros en peor situación que nosotros, que es lo que deberíamos hacer, vamos a ser condescendientes con nuestra debilidad e imaginemos con los ojos cerrados una gran manada de elefantes.

La naturaleza en estado puro. El polvo que levantan, el peso que se desplaza haciendo retumbar la tierra, el movimiento de sus orejas, los ojos inteligentes que nos miran entre desconfiados y curiosos, los gestos de sus grandes cuerpos para proteger al grupo, la actitud de los machos o hembras alfa, que dirigen, exponiéndose al primer peligro y desafiando con su imponente presencia a cualquier depredador. De un tamaño inabarcable, nos parece como si un grupo de catedrales se hubiera puesto en movimiento y pasara a un metro de donde estamos. Los miramos pasar despacio, con ese movimiento que detiene el tiempo y ralentiza la percepción del milagro. Los miramos como quien mira un huracán acercarse y es incapaz de ponerse a salvo, hipnotizado por la majestuosidad del fenómeno. Cuando se van, tenemos la sensación de que una presencia sagrada nos ha rozado. La Naturaleza, con mayúsculas.

El coronavirus nos está encerrando en hospitales y casas, está levantando muros y fronteras, nos está convirtiendo a nosotros, por una vez, en animales enjaulados. La naturaleza debe estar preguntándose qué pasa, dónde está la especie más cojonera que existe sobre la faz de la tierra. Todo lo que crece y habita este mundo, está albergando la esperanza de no volver a vernos, de salir de sus escondrijos y sus jaulas para recuperar el planeta que les hemos robado y destruido. Saldrían conejos, vacas, caballos, patos, toros, perros, aves, elefantes, ciervos, toda la marabunta natural que hemos cazado, comido, torturado y alimentado a la fuerza entre otras lindezas que ideamos para nuestros compañeros de piso; y saldrían si, como una población que escucha en la radio “la guerra ha terminado”.

Con suerte para nosotros, esto no ocurrirá y venceremos juntos este virus. Pero algo tiene que cambiar después de esto. Tenemos que asimilar que no somos dueños exclusivos del planeta. Nuestra soberbia visión antropocéntrica está recibiendo un buen rapapolvo en estos días. Si desapareciéramos todos de un plumazo, la vida seguiría su curso y el planeta se olvidaría de nosotros en apenas unos siglos.

Por extraño que parezca, nos están dando una segunda oportunidad. No la malgastemos.

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