La Última traición

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Detrás de la puerta azul estaba yo. Isis me olió seguramente y se acercó a husmear. Sólo hacía falta apoyar la mano y abrir. Parecía tan fácil.

Hice ruido con los dedos en el techo, intenté golpear la puerta con un pie pero en la posición en que estaba no hubiera llegado sin perder el equilibrio. Esta sería mi última llamada de atención.

Hubiera podido gritar, llamarte. No lo hice. Fue sólo un juego de azar. Si hubieras abierto la puerta, me hubiera inventado alguna excusa. Te habrías convencido de mi locura; habría bajado. El destino hubiera sido otro.

Os acercasteis, porque os oí reir. Casi diría que os oí respirar. Se me paró el alma un segundo. Pero la puerta no se abrió. Huisteis discretamente hacia el otro extremo del pasillo. Te oí llamar a Isis y sé que la galga dudó si quedarse conmigo o acudir a la llamada de su otro amo. Al final te siguió y la sentí marchar, sus breves patas de bailarina correteando por el suelo de madera.

Esa segunda traición me decidió a golpear el taburete.

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