El Dilema

ElDilema

Charles Manson podría haber sido un músico o un poeta extraordinario. ¿Por qué no? El asesino de las niñas de Alcásser podría haber escrito sus memorias y haber dejado su huella en la historia de la literatura autobiográfica. ¿Podríamos disociar la obra, del autor?

Es un dilema que a todos nos molesta, si lo planteamos así. Primero al asesino, al genocida, al violador, al pedófilo y luego una supuesta obra magna. La rabia nos zumbaría en el oído como un moscardón persistente y gordo, imposible de ignorar, sobretodo cuando las víctimas aún están vivas, o cuando sus descendientes aún pueden recordar el dolor y sentirlo, cuando la vergüenza del hecho aún tiene testigos.

Y es que una gran obra, inevitablemente provoca un cierto sentimiento de respeto por el autor, de admiración. Uno se sumerge en la obra de un artista, escritor, músico, etc y siente la intuitiva certeza de que es un ser superior, capaz de crear de la nada una cierta perfección. Si no hubiera dejado ese legado, sería un asesino, un pedófilo, un ladrón, un sinverguenza, simple y llanamente. Entiendo que el artista es un hombre o una mujer como cualquier otro y ello implica que comete errores, miserias o atrocidades, como podría cometerlas cualquier ciudadano de a pie con esas inclinaciones. Sin embargo hay cierta injusticia en todo esto, porque la obra lo redime de algún modo. La sociedad lo perdona, en cierta medida, como no perdonaría a cualquier desgraciado que comete los mismos actos sin la formación o el talento para dejar tras de sí algo grande. La obra termina por equivaler al artista. “Muerte de un viajante” es Arthur Miller como un Caravaggio es un Caravaggio, valga la estupidez. Neruda es “Me gusta cuando callas, porque estás como ausente…”. Woody Allen será siempre “Manhattan”. Polanski, “Lunas de Hiel”.

El caso de Heidegger todavía me parece más complejo, porque una obra visual, no pretende, aunque a veces lo consiga, enseñarnos a pensar (o tal vez sí); pero eso es exactamente lo que una filosofía hace. Aunque nos creamos inmunes a lo que los filósofos han pensado, no lo somos y todo lo que hacemos, tiene alguna filosofía por sostén. No conozco la de Heidegger y sé que es tremendamente oscura, casi mística (dicen). Pero sí conozco las dimensiones de su edificio filosófico; son inmensas. ¿Puede uno visitar la exposición Auschwich y admirar a Heidegger al mismo tiempo? ¿Puede su pensamiento ser tan admirable habiendo justificado éste, filosóficamente, la política nazi? ¿Se puede en este caso desligar la obra (pensamiento puro) del autor? No lo creo. Heidegger es su pensamiento. Su pensamiento es su filosofía y ésta justificó el nazismo y el antisemitismo hasta el fin de sus días (ahí están los Cuadernos Negros para demostrarlo). ¿No tiene este hombre más responsabilidad – puesto que su pensamiento cambia el mundo en el que vive – que, digamos, Eichmann, que era un funcionario eficiente y nada más? ¿No se espera más de un juez – que conoce todas las leyes – que de un ratero que no conoce más que lo que la miseria y el instinto le dictan? ¿Es el pensamiento de Heidegger válido, sublime, catedralicio, habiendo podido justificar según sus parámetros el infierno más incalificable de la historia moderna?

Si todos los comportamientos de estos hombres los hubiera hecho el portero de mi casa, sería juzgado – y no nos engañemos: todos juzgamos – irremisiblemente como un cabrón. Si abandonar a un hijo con síndrome de Down; ser un asesino; abusar sexualmente de una niña de siete años, lo hubiera hecho nuestro futuro cuñado, estaríamos haciendo lo imposible por convencer a nuestra hermana de que abandonara al fulano en cuestión lo más pronto posible.

Recordar lo que el genio ha hecho en el plano moral resulta incómodo, porque nos pone frente al problema de tener que reconocer que un monstruo puede crear una gran obra y ello se contradice con el hecho de que, normalmente, al celebrar ésta, celebremos por contagio al ser que la creó. La obra es independiente, alegan algunos. Puede que sí. Cuando pasa suficiente tiempo entre la obra y la vida del autor.

Pero hay algo que me incomoda en Arthur Miller o Woody Allen. Hay algo que me indigna cuando leo cómo Bertolucci y Marlon Brando planearon la escena en la que María Schneider era penetrada analmente en El Último Tango en París, de modo tal que ésta se sintió realmente humillada – según las propias palabras de Bertolucci – que hará que nunca vuelva a ver la película ni a juzgarla como antes. Me pareció en su momento una gran película. Lo sigue siendo. Pero ahora sé que además de ser dos talentos quienes la dirigieron y protagonizaron, fueron dos seres sin escrúpulos los que jugaron con la dignidad de una aspirante a actriz de 19 años. Según Bertolucci, se sintió culpable, pero no arrepentido, de hacer la escena de esa manera. Lo cual quiere decir que, a sabiendas del daño que causó (la actriz no volvió a dirigirle la palabra jamás) volvería a repetir el método para conseguir la autenticidad de la humillación. ¿Confiaría usted a su hija de 19 años, que sueña con ser actriz, a este sujeto? Yo no, francamente.

Lo cierto es que nadie se pregunta si el Partenón lo diseñó una buena o una mala persona. Pero me pregunto si, mientras las víctimas estén vivas y en la alabanza al artista esté implícito el olvido o el segundo plano del dolor causado, no deberíamos boicotear el encumbramiento del autor. Me lo pregunto pero no tengo una respuesta clara.

Sé que una vez pasado el suficiente tiempo, todo el rosario de anécdotas vitales que acompañan la vida de cualquier ser humano quedan borradas de la memoria colectiva e histórica. Las miserias se entierran junto con los cuerpos devastados. Y es la obra la que cuenta entonces, la que vive ajena a su creador pero ligada a su nombre. Aunque siempre hay algún incómodo cotilla que se complace en investigar, años o siglos después, si la vida fue coherente con la obra o si la mantequilla se usó con o sin consentimiento de la actriz.

Benditos sean los curiosos.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Fer dice:

    Es imposible disociar obra y autor desde el momento que ésta lleva su firma. Las interpretaciones de las obras cambian a lo largo del tiempo, porque la perspectiva que se tiene de ellas se someten a nuevos juicios -hablando en términos generales-. Sé que cualquier obra es una extensión de la vida interior del autor. La escena de la mantequilla supone el testimonio lamentable de una época, como las otrora quemas de brujas medievales, etcétera. Es un dilema muy interesante el que planteas.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s