Beth Hart y la libélula

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Hace poco descubrí a un torbellino con nombre de mujer que lleva ya años electrocutando a un público de rock-blues con una voz poderosa y suicida, una extraña mezcla entre la personalidad explosiva de Janis Joplin y el tono de Dani Klein de Vaya con Dios con varias intensidades de decibelios añadidos; una obsesión con piernas, entregada a la música en cuerpo y cuerpo, con pasión de terrorista, que se desnuda en cada concierto con honestidad enfebrecida y el dolor de una vida poblada por las malas hierbas de la bipolaridad, las drogas, el alcohol y la anorexia. Se llama Beth Hart. Se llama, porque sigue viva. De milagro. Pero para nuestra suerte, sigue viva.

Por alguna razón que desconozco me fascinan los personajes que se olvidan de todo encima de un escenario, que se queman frente al público como un cigarrillo fumado con ansia o un cohete espectacular que muere en cada actuación dejando al público con la boca abierta ante una lluvia de luz y brasas. Así era ella. Digo “era” porque lo primero que ví en Youtube databa de hace 13 años. Una mujer joven, deslenguada, sexual, provocadora, incandescente y frágil, arrebataba la atención de un público holandés, como quien agarra a alguien de la corbata y lo obliga a escuchar o a asfixiarse. Una libélula bellísima tatuaba la parte baja de su espalda y los vaqueros grandes y desabrochados amenazaban a cada rato con convertirla en el único adorno corporal, de cintura para abajo, con cada movimiento de serpiente que hacía.

bethholanda

Beth hacía el amor con el solo de guitarra que tocaba su compañero de escena en un paroxismo de entrega absoluta en el que el público observaba un espectáculo íntimo entre la música y la cantante, alucinado y absorto, como quien ve un fenómeno natural, imparable y arrollador, bellísimo en su inevitabilidad.

Me hipnotizó la pasión, la rabia, la intensidad, la potencia de su voz y su actuación. Se veía que esta mujer no cantaba por dinero, cantaba porque su ser era únicamente en comunión con la música. Vivir, respirar, comer, follar, hablar, sólo adquirían sentido encima de un escenario. Probablemente, fuera de él, Beth no existía. Tengo unos cuantos amigos que sufren de bipolaridad y sé que la vida es un tobogán constante en el que se alternan fases de actividad enloquecida con largas temporadas en las que se enterrarían en un zulo, sin saber de nadie, sin hablar con nadie, sin capacidad ni para mirarse en un espejo, tanto es el esfuerzo de existir en esos momentos. Beth (si le damos crédito a Wikipedia) sufría de bipolaridad desde niña pero no fue medicada porque su madre no consideró que lo necesitaba. El resultado fue que la angustia feroz de las épocas de bajón desembocó en desórdenes alimenticios y en consumo de drogas.

De todo esto me enteré cuando, con mi natural curiosidad como motor, busqué más videos y me encontré con uno que me dejó clavada de horror en la silla. En él vi a la muerte cantando con voz de lija y mirada de infierno la misma canción que acababa de oir en una mujer viva y rabiosamente sensual. Era ella, Beth Hart, en una de las etapas más destructivas de su vida, pura carne escuálida sobre huesos apenas capaces de sostenerla. La voz irreconocible parecía serrar el aire y era obvio que los pulmones no tenían fuerza para la tarea que habían hecho toda la vida: cantar. La lucha entre la artista y la muerte estaba siendo encarnizada y en ese preciso momento parecía que iba a ganar La Parca.

Pero Beth debe haber jugado mucho al póker y en esta ocasión ganó de nuevo y he vuelto a verla en otros videos posteriores, maravillosamente redondita y carnal, unida profesionalmente a un guitarrista inmenso, Joe Bonamassa, versionando clásicos del soul. Se le ven las huellas de la muerte, que cuando acaricia deja cicatrices.

Lo confieso, sí, busqué con angustia la fecha de cada vídeo que veía, para asegurarme de que aún estaba bien, de que su victoria duraba en el tiempo, de que esta mujer de voz ahumada y rebelde, poderosa y profunda, seguía en la brecha entregándose en cada canción, femenina y gloriosamente viva. He querido ir a verla actuar, pero en España no hay ningún concierto programado este año. En Francia, Holanda, Alemania, Inglaterra, Canadá, Estados Unidos, tendrán el inmenso privilegio de ver en directo a este bulldozer musical (y a Bonamassa que tampoco es moco de pavo).

Yo, con saber que ha vuelto a la vida me conformo. El que no se consuela es porque no quiere…

 

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Dora Roman dice:

    Va a ser inevitable seguirla con tan buenos argumentos ¡Enhorabuena!

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