EL GRAN PATÁN


El Gran Patán sabe que no hay muro que pueda detener su estupidez y se lía a patadas con el delicado edificio de la convivencia y la diplomacia porque no sabe otra manera de dialogar. No le interesa nada, no aprende nada, no escucha nada, no observa nada, únicamente atiende a su propia voluntad como mandato supremo. No se da cuenta de que con cada respiración prepara minuciosamente su caída en la profunda fosa de la infamia histórica, aunque le importa dos cojones lo que la historia diga de él en el futuro (tiene la absoluta seguridad de que será recordado como Patán el Grande que no es lo mismo que El Gran Patán…) y en su caída arrastre, como suelen hacer todos estos patanes a los que encumbramos al poder, la suerte de millones de personas que se verán afectadas en una u otra manera.

Y no se da cuenta porque para ello necesitaría reflexionar sobre sus actos y El Gran Patán actúa por impulso, convencido de que una mano divina le ha adjudicado la más alta inteligencia que no necesita de información para formular su juicio. Por el mero hecho de ser suyo, es el mejor que puede existir y no cabe discusión ninguna.   

El Gran Patán es ignorante, egoísta, grosero, salaz, cobarde, zafio, ridículo, avaricioso, presuntuoso, pomposo, vengativo, machista hasta el vómito y dictatorial. Pero, como individuo no significa nada, un payaso más, un hombre de negocios vulgar y ordinario. Uno más. Son los que le admiran los verdaderamente peligrosos, son los que tienen tan poco cerebro que no consiguen ver el desprecio que El Gran Patán siente por ellos. Son los que creen que serán recompensados por su devoción con parte del pastel gigante que el GP se está preparando a sus expensas. El Gran Patán quiere ser rey y que sus caprichos sean atendidos como los de El Rey Sol (tal vez por eso está tan bronceado). Estos pobres han elegido al peor de sus representantes o tal vez al mejor. La historia de Estados Unidos es un hilo directo que conduce al Gran Patán. Supongo que la historia de Argentina conduce también directamente al otro imitador latinoamericano, Patán El Furioso y así sucesivamente con los distintos payasos que gobiernan con los cojones encima de la mesa ya que no con el cerebro.

Pero la historia, desgraciadamente, la suelen precipitar los patanes con ansias de poder. Grandes idiotas narcisistas y patéticos que por obra y gracia de la ley del más fuerte pisan no solo a sus semejantes sino cualquier costumbre que facilite la convivencia y el respeto entre estos. Pisan y destrozan el inestable equilibrio que nos permite vivir sin matarnos, alentando con sus discursos los instintos reptilianos, que reclaman como virtudes.  

Esta semana, un David, vestido de soldado y que lleva tres años enfrentándose (con razón o sin ella) a Goliat, ha sido humillado públicamente en un despacho lleno de hombres de corbata por no llevar una. Al Gran Patán, sentado y con la suya colgándole hasta taparle las menudencias, se le movía el vientre con cada burla, mientras David lo miraba con dignidad y pensando en el interés de su pueblo, procuraba explicarse y no mandarlo a donde todos sabemos que debiera estar.

Se requiere valentía para enfrentar a Goliat pero mucha más para responder con comedimiento a un imbécil que, por carambolas del destino de una democracia cada vez más desvirtuada, rige el país más poderoso y desquiciado del mundo.

Pues para su información Sr. Patán, ningún David ha necesitado nunca una corbata. Con una honda en el bolsillo y el valor que usted no tiene, no se necesitan trajes de Armani.

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