LA NIEBLA

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Y la niebla se vino de repente, como un invitado discreto que viene a tomar café y termina quedándose a vivir en casa. No fue una niebla de las blancas, que le dan un aire de romanticismo a cualquier paisaje vulgar y cotidiano. Esta era una niebla de polvo negro, apenas perceptible, pero que impregnaba la ropa y nos hacía mirar hacia arriba preguntándonos dónde estaba el incendio. Al principio todos nos preocupamos, salimos a los balcones, nos preguntábamos entre vecinos, unos decían que el incendio estaba en Peguerinos, otros que mucho más allá, por la zona de Ávila. Supusimos en general, que pasaría lo que siempre, un par de días con cenizas volando y nubes de humo ocupando el horizonte entero de la sierra y ya. Los bomberos se ocuparían de apagarlo.

Pero esto fue distinto. Uno no veía brasas, ni nubes negras en el cielo. La niebla se percibía en una especie de atmósfera sólida que dejaba su huella en la pequeña capa gris que se podía retirar con el dedo en cualquier superficie horizontal, ya fuera dentro o fuera de casa. Era algo incómodo, por que, aunque se adivinaba el sol al otro lado de la niebla, cada día resultaba más opaco que el anterior y, por tanto, más frío. Las plantas dejaron de crecer, espantadas de tanto polvo y desconcertadas por la falta de calor y luz. La gente volvió a ponerse mascarillas para no respirar este carbón aéreo y en la oscuridad diaria a la que nos fuimos acostumbrando poco a poco, las miradas se cruzaban con desconfianza mutua, como al principio de la pandemia. La situación, según los medios, estaba controlada. Pero la ciudadanía no sabía a que atenerse y procuraba salir menos, hacía acopio de alimentos y productos básicos de higiene y en general se encerraba en sí misma para no respirar la niebla que se metía en los ojos y terminaba por estropear hasta los móviles si uno los usaba en la calle.

Así pasamos nuestra adaptación a la primera etapa. La sensación general era de desconcierto, pero día tras día, aprendimos a vivir con la niebla. Supusimos que no afectaría demasiado nuestras vidas, hasta que empezaron a subir desorbitadamente los precios de las frutas y verduras, las pocas que sobrevivieron a la niebla; la carne se volvió gris, dura, apenas comestible; los hospitales se llenaron de enfermos ingresados por afecciones respiratorias, el agua de los embalses tenía que depurarse cinco veces para alcanzar el nivel de potabilidad previo a la niebla, los bienes de consumo normales se dispararon por el coste de transportarlos a través de autopistas oscuras como túneles de metro y las calles estaban desiertas salvo por los que, vestidos con ponchos impermeables que los cubrían de pies a cabeza, intentaban encontrar víveres en las pocas tiendas que aún tenían productos a la venta. Hasta los niños que empezaron a nacer tras un año de niebla, nacieron con deformaciones que las autoridades hospitalarias se apresuraron a atribuir a otras causas, pero la certeza ya se había instalado en nuestras mentes: era la maldita niebla la culpable.

Las causas que originaron la niebla son diversas, según los expertos. El caso es que está aquí para quedarse. Los países vecinos nos envían agua, alimentos, medicinas especializadas, todo tipo de cosas. Tienen la esperanza de que la niebla se concentre aquí y no se desplace más allá de la frontera. Vivir así no es posible, sin luz, sin aire, sin cosechas, sin agua y sin futuro.

Hace unos días acepté la oferta de un amigo que tengo al otro lado de la frontera y me vine aquí a respirar un poco de aire puro y ver el sol al menos durante una semana. Sé que tendré que volver, tengo obligaciones allí. Pero estoy bien aquí. Hasta he podido trabajar un rato en el jardín, un lujo asiático dadas mis circunstancias. He salido con el portátil a escribir el artículo que me pidió el periódico para el que trabajo. Después de unas horas currando me he preparado, como acostumbro, un té en la cocina y he vuelto al calorcito del jardín a dar los últimos toques al escrito.

No quisiera resultar agorero, pero juraría que al tocar las teclas del portátil una ínfima capa de polvo negro las cubría; pero puede ser obsesión mía, claro está.

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